La posibilidad de cambiar un hecho anterior, un acontecimiento que sucedió en el pasado y que trae consecuencias negativas en el presente, ha sido siempre un pensamiento que divaga en las mentes de prácticamente todo ser humano. ¿Quién no se ha arrepentido de alguna decisión de antaño, con la cual, si hubiese tomado un rumbo distinto, muchas situaciones actuales serían totalmente diferentes? O peor aún, ¿quién no ha deseado alguna vez modificar las decisiones de los demás que pueden afectar directa o indirectamente a terceros?
Con el avance de la tecnología, el hombre ha intentando alterar, modificar y hasta guiar o dirigir el rumbo de lo natural, de lo que ya está establecido por el destino. Solo el Internet ha logrado romper las barreras del tiempo y del espacio, permitiendo una comunicación real a distancias que hubieran sido inimaginables unas décadas atrás. Pero no solamente la computación le ha permitido al hombre tener el control de su entorno, se puede mencionar también la medicina como una herramienta que ha utilizado para intervenir en las decisiones “divinas”.
Cabe preguntarse ahora: ¿es éticamente aceptable utilizar la ciencia y la tecnología para cambiar lo que no nos gusta de la naturaleza? Se pueden plantear las respuestas ahora desde dos puntos de vista: el punto a favor, y el punto en contra.
Si se habla de “lo que no nos gusta” existen muchas cosas que pueden disgustarnos o molestarnos, algunas pueden ser personales, otras pueden ser ajenas. Puede molestarnos algo que solo nosotros conocemos, o puede ser algo que afecta o incomoda a otros.
Se puede exponer un tema muy actual sobre el uso de la tecnología a favor nuestro y en contra de lo natural: La cirugía plástica. Simplemente se puede modificar totalmente el aspecto físico de una persona, hasta el punto de que ésta luzca absolutamente distinta, sólo por el hecho de que a él (ella) le molesta algún detalle de su cuerpo, o porque siente la necesidad de agradar a un tercero. Pero ¿hasta qué punto es esto comparable con una dura y rigurosa rutina de gimnasio, la cual tiene el mismo propósito de la cirugía? Podríamos decir entonces que es éticamente aceptable el uso de la tecnología en este caso.
Manteniéndonos dentro del ámbito de la medicina, una enfermedad es algo que se podría clasificar entre lo que “no nos gusta”. Si la tecnología le brinda al hombre la posibilidad de superar una condición médica, tal como un cáncer, por medio de la quimioterapia por ejemplo, ¿debe el ser humano aceptar su padecimiento y resignarse al designio del destino, o puede sacar ventaja de lo que los descubrimientos actuales le ofrecen para extender su esperanza de vida? ¿Es correcto que los nuevos equipos médicos permitan regresar a la vida a una persona después de haberla perdido? Porque de más está comentar el hecho de que la muerte de un ser querido es algo que nos molesta de la naturaleza. ¿Existe entonces alguna diferencia entre realizar un transplante de riñón a un paciente de 25 años con enfermedad renal terminal, y mantener conectado a un anciano de 82 años a un respirador artificial por el simple egoísmo humano de no querer perderlo? ¿En qué momento una situación cambia de necesidad a capricho? Aquí radica la separación entre el punto a favor y el punto en contra del tema en discusión.
La clonación. ¿Es este procedimiento una necesidad, una opción de mejora para la vida del hombre? ¿O es solamente un intento más del ser humano de demostrar su igualdad y hasta superioridad ante lo divino? El hombre ha utilizado la tecnología con dos motivos: Mejorar la calidad de vida en la Tierra, y satisfacer su propio ego y sed de supremacía. El simple hecho de querer controlar por medio de la genética las características físicas y psicológicas de sus futuras descendencias, ya es muestra de que el hombre busca tener el control de lo que fue establecido como un papel que le corresponde a la naturaleza definirlo. El ser humano siempre ha tenido conciencia de que existe un poder mayor que él, que define y establece los parámetros de la vida. Sin embargo, se ha aferrado a la idea de que puede superar esta fuerza que interviene en el diario vivir y ha intentado profanar lo que ha sido naturalmente determinado, por medio de prácticas científicas que atentan contra la razón misma de la vida. El querer crear un ser vivo, fuera de todas las leyes de la concepción y el desarrollo, alterando el ciclo de vida preestablecido, es muestra del uso inadecuado que se le está dando a las nuevas herramientas tecnológicas. No es lo mismo utilizar químicos para alterar la producción de cultivos que intentar hacer una copia de una persona. Aunque también podría debatirse el hecho de que el planeta Tierra fue creado con toda la provisión necesaria para sobrevivir; si el hombre no hubiera creado todas las técnicas de cultivo que existen ni hubiera producido todos los agroquímicos que alteran las plantaciones, ¿no tendría de qué alimentarse? Este uso de la tecnología más que una necesidad, es la muestra de la ambición humana por producir para vender y obtener ganancias.
Tal como lo expresa Tony Scott en su película Déjà Vu, muchos aspectos de la vida podrían verse beneficiados con los avances de la tecnología. Sin embargo se puede concluir que las ciencias aplicadas son una herramienta de gran ayuda en momentos de necesidad, en los cuales se le ofrece al ser humano la posibilidad de mejorar su condición actual y la de los demás, brindando una calidad de vida mayor. Es en este punto donde se podría definir como “éticamente aceptable” el uso de la tecnología para modificar aspectos de la naturaleza que nos disgustan. Pero cuando el hombre utiliza la ciencia para alterar lo que fue establecido por el destino, con el único fin de satisfacer un capricho de superioridad y hegemonía, dejando de lado la moral y los principios, esta actitud humana es totalmente inaceptable y por lo tanto impermisible e irrazonable.